Mi esposa y yo estábamos tan conmocionados que decidimos orar y ayunar por nuestro hijo, pero no hubo ninguna diferencia. Le sugerÃa a mi esposa que dejáramos de ver televisión y de hacer compras por la Internet. Para ser honesto, estaba inmerso en juegos por la Internet y mi esposa en compras en lÃnea. Durante dos años, escasamente oraba y no guardaba el DÃa del Señor como dÃa santo, al contrario, me ponÃa a ver televisión.